Todo te queda bien, da igual el color, el tamaño o el estilo de lo que te pongas, siempre te ves divina. Pero, ¿por qué te tenías que vestir de tristeza?. Con tu vestidito amargaste esta tarde, opacaste a todos con tu traje de ingratitud, con tus zapatos de culpabilidad y tus joyas de la más fina depresión. Todos tuvimos que correr -obligados- a vestirnos como tú. Tu perfume con olor a soledad quedó impregnado en mi casa. La proxima vez que toques a mi puerta y vengas vestida así, te saco a patadas, porque en mi casa nadie se volverá a vestir como tú nunca más.
Palabras normales, para gente normal.
domingo, 24 de febrero de 2008
sábado, 16 de febrero de 2008
Dedicada
Me levanté, prendí la radio y sonó una canción que hablaba de amor, me aprendí su nombre y su letra. Más tarde, leí en internet unas dulces palabras y las memoricé. Y cuando te ví, te lancé la carta con las románticas palabras que "describían nuestro romance" y te dediqué la pegajosa cancioncita. Qué fácil es amar.
miércoles, 23 de enero de 2008
Tras las cortinas
Creo que todos alguna vez nos hemos sentido observados, en la calle, en un restaurante o cuando vamos a algún lugar público. ¿Pero se han sentido observados en su propio cuarto? Tal vez suene paranoico, pero así me siento yo. No es que tenga algún complejo de divo, pero creo que alguien me examina detenidamente, ve cada movimiento que hago en mi cuarto, cada baile, cada vez que canto o actúo, es tan extraño.
Cuando la ventana y las cortinas están abiertas, de seguro miran. No creo que miren porque sea alguien interesante, pero creo que todos queremos saber qué hace el de al lado, qué oculta cuando cree que nadie lo ve. Entonces corro rápido a cerrar las cortinas. Pero a veces no basta, tengo que cerrar el clóset, porque se qué de ahí también miran. Qué tonto, quién estaría en mi armario, si con suerte cabe alguien, pero de todas formas, lo cierro.
Hay días en que quiero que alguien me vea, entonces abro las cortinas y hago lo que se me antoje, o bien, me paro en la ventana y canto y juego con las cortinas. No sé si alguien ve o no mis espectáculos, pero lo que sí es cierto, es que me encanta sentir que alguien disfruta de mi loca paranoia.
Cuando la ventana y las cortinas están abiertas, de seguro miran. No creo que miren porque sea alguien interesante, pero creo que todos queremos saber qué hace el de al lado, qué oculta cuando cree que nadie lo ve. Entonces corro rápido a cerrar las cortinas. Pero a veces no basta, tengo que cerrar el clóset, porque se qué de ahí también miran. Qué tonto, quién estaría en mi armario, si con suerte cabe alguien, pero de todas formas, lo cierro.
Hay días en que quiero que alguien me vea, entonces abro las cortinas y hago lo que se me antoje, o bien, me paro en la ventana y canto y juego con las cortinas. No sé si alguien ve o no mis espectáculos, pero lo que sí es cierto, es que me encanta sentir que alguien disfruta de mi loca paranoia.
lunes, 21 de enero de 2008
Esperando una llamada
Ese día era particular. Ese día, la noche fue tibia. No sé si el invierno por fin se había apiadado de los santiaguinos o si una extraña ráfaga de recuerdos había calentado mi memoria y mi corazón.
Aún estaba sentado sobre la cama, después de haber apagado la luz. No podía pegar mis ojos. No podía acostarme. Pero justo cuando caía rendido ante el sueño, que por fin había llegado, sonó el teléfono. Una voz me dio una dirección que contenía recuerdos, pero que eran opacados por la noticia. Tomé mi abrigo y salí.
Cuando llegué a aquella dirección, me dirigí hacia su habitación, me paré en el umbral y los vi. Uno de ellos se acercó a abrazarme con tanta fuerza, sólo como él lo hacía.
Esa noche no había rencores, los años los habían desvanecido; no había risa, como era de costumbre. Sólo cerramos los ojos y esperamos a que el torbellino de sensaciones, emociones y recuerdos nos llevara lejos, nos lanzara tan fuerte como pudiese, pero que nunca cayéramos a tierra. Pero no todo es como queremos. Abandonamos el cuarto y nos fuimos a sentar a la estufa, que era lo único cálido existente en la ahora fría noche de invierno. Bebimos café, miramos nuestras cambiadas caras y nos despedimos para esperar en nuestras casas una nueva llamada.

viernes, 11 de enero de 2008
Se venía venir
Hoy, fue un día distinto. Al salir de la estación del metro, el viento me gritó muy fuerte al oído que algo sería diferente, pero no le entendí qué. Al salir del lugar donde estuve, el calor se tornó frío. El frío tocó mi espalda y se posó sobre mi cara y me gritó que algo raro pasaba hoy, pero no le entendí qué. En mi casa, al asomarme a la ventana, vi las estrellas y me hablaron en clave M.O.R.S.E, pero no entendí qué querían decir, sólo pude deducir que algo extraño pasó hoy. Ahora el silencio me hace un escándalo porque no entiende que no haya sido capaz de prever algo que era obvio.
¡Cállense, ojos maricones!
Miradas. Son sólo miradas. ¡Mentira!. Son más que eso.
¿Por qué no somos capaces de mirar a la cara cuando mentimos? Para mí es lo mismo, decir una verdad o una mentira, tus ojos deberían estar fijos, pero no, tienden a mirar hacia el suelo, apuntando al sucio suelo, gritando: "¡Él miente! ¿ves la suciedad del piso? así de asquerosas son sus palabras". ¡Qué tienen que ver los ojos con las palabras! Deberían no conjugarse nunca. Para eso está la boca, la lengua, el paladar y las cuerdas vocales, para las frases y los sonidos. ¿Por qué al mentir no se cierra la boca o tus cuerdas no vibran? Malditos ojos.
No puedo mirar tranquilo, porque aunque no diga una puta palabra, la gente sabe que es lo que quiero decir. Si te miro, entiendes perfectamente que te quiero. Si te miro, entiendes de inmediato que te deseo en mi cama. Si miro, sabes inmediatamente que es lo que quiero. Pero a veces mis malditos ojos son mal interpretados. Si miro a una mujer, ella me da una mala mirada, porque creyó que tenía otras intenciones. Si miro a un hombre, me golpea porque cree que soy gay.
¿Para que mierda existe la boca entonces? Si miro, saben lo que quiero, aunque sea mi secreto mejor guardado. Si miro, no me entienden. Sólo con mirar, sin un gesto facial o un sonido, sólo con mis ojos.
¿Por qué no somos capaces de mirar a la cara cuando mentimos? Para mí es lo mismo, decir una verdad o una mentira, tus ojos deberían estar fijos, pero no, tienden a mirar hacia el suelo, apuntando al sucio suelo, gritando: "¡Él miente! ¿ves la suciedad del piso? así de asquerosas son sus palabras". ¡Qué tienen que ver los ojos con las palabras! Deberían no conjugarse nunca. Para eso está la boca, la lengua, el paladar y las cuerdas vocales, para las frases y los sonidos. ¿Por qué al mentir no se cierra la boca o tus cuerdas no vibran? Malditos ojos.
No puedo mirar tranquilo, porque aunque no diga una puta palabra, la gente sabe que es lo que quiero decir. Si te miro, entiendes perfectamente que te quiero. Si te miro, entiendes de inmediato que te deseo en mi cama. Si miro, sabes inmediatamente que es lo que quiero. Pero a veces mis malditos ojos son mal interpretados. Si miro a una mujer, ella me da una mala mirada, porque creyó que tenía otras intenciones. Si miro a un hombre, me golpea porque cree que soy gay.
¿Para que mierda existe la boca entonces? Si miro, saben lo que quiero, aunque sea mi secreto mejor guardado. Si miro, no me entienden. Sólo con mirar, sin un gesto facial o un sonido, sólo con mis ojos.
viernes, 7 de diciembre de 2007
Pelotudos
Mientras íbamos en el auto con mi papá, se nos cruzó una balón de fútbol a lo lejos, mi papá se detuvo y me dijo: "siempre detrás de un pelota, hay un hueón", y salió de la nada un niño corriendo sin cuidado tras de su tan apreciado juguete. Bueno, esto siempre me ha rondado en la cabeza y últimamente supe que mi padre tenía razón.
¿Han notado alguna vez que los futbolistas, a pesar de tener dinero para acceder a la buena educación chilena y a buenos barrios residenciales, hablan estupideces? Cuando comentan, no se les entiende ni pito y responden cualquier imbecilidad. Luego de la recuperación de una lesión, el periodista le pregunta a Calule Meléndez: "¿cómo está la pierna?", a lo que el futbolista le responde: "En la casa". Pueden creer que el muy ridículo le respondió refiriéndose a su mujer (vulgarmente llamada pierna) y peor aún, le preguntaron cómo, no dónde.
Ya que estamos en la onda de la entrevista, hablemos de los periodistas deportivos, qué grandes, ¿no?. Cómo no recordar a Pedro Carcuro o a Julito Martínez. Los periodistas deportivos... intelectuales, profesionales de gran nivel, hombres que estudiaron cuatro años periodismo, comentarios sólidos y preguntas al hueso: "¿Cansado?". ¡Qué pregunta!, todos se imaginarán, que después de 90 minutos de juego non stop, sudados, sin aliento, deshidratados, los jugadores están muertos, con suerte responden las brillantes preguntas que con tanto esfuerzo elaboraron toda una semana: "¿Tristes por la derrota?", ¡Cómo se tu ocurre!, los jugadores tienen esa cara porque querían ser goleados 4-0, porque eran hinchas del otro equipo, por eso vienen con caras de dolor y frustración.
Bueno, ustedes se preguntarán quiénes faltan, bueno les respondo en seguida, las musas del pensamiento, las mujeres con un C.I. que arrollaría al filosofo más cabezón de todos: las modelos. Oda a la estupidez humana. Ellas viven eternamente enamoradas de los futbolistas, siempre tras las pelotas de los jugadores, o mejor dicho, bajo las pelotas. Todos ya hemos escuchado una infinidad de veces las respuestas que dan: "Me repite la pregunta". O sus cantos a la vida: "Perú necesita ayuda". Pero nada mejor que una pelea entre ellas por un futbolista en un programa de T.V.: "tú ya no estabas con él", "tú lo llamaste a las 3.00 de la mañana", "Es un hombre comprometido", "los vi bailando en la Kamasú". O qué más patético que dos mujeres se peleen por la "varita" del Mago Jiménez.
Así con el balón de fútbol, increíble, 20 minutos del noticiario central para contar que Kenita había dejado a Iván Zamorano, ¡oh, verdad, soy un necio, cómo se me ocurre burlarme de él, si es el Ídolo Nacional!. Después de contar que la gente tiene hambre, que el mundo se está cayendo a pedazos, el conductor gira su asiento y le pregunta a un Fernando Solabarrieta o a un Mauricio Israel: "Borgi, ¿sigue en Colo Colo?" y éstos responde: "para la alegría de los chilenos, sí". ¡Mañana le prendo velas a la virgen por eso!
Por último, los queridos hinchas, nada más bello que disfrutar de un partido de fútbol, salir a celebrar y hacer mierda lo que se te cruce, dispararle al bando contrario y responder al ágil periodista: "Li dimos paliza a las madres, cuaTRo - cero, shoro. ¡Saludo pa la Garra Blanca de Puente Alto y dale Cacique!" o "ya están LLorando, ya" o "si ser de la U es un sentimiento".
Por eso, cada vez que voy en auto y veo cruzarse una pelota repito las sabias palabras de mi padre.
Buenos, los dejo, porque tengo un partidito de fútbol...
"¡Eh, la pelota, aquí, aquí! ¡Yo la voy a buscar a la calle, no te preocupí!"
¿Han notado alguna vez que los futbolistas, a pesar de tener dinero para acceder a la buena educación chilena y a buenos barrios residenciales, hablan estupideces? Cuando comentan, no se les entiende ni pito y responden cualquier imbecilidad. Luego de la recuperación de una lesión, el periodista le pregunta a Calule Meléndez: "¿cómo está la pierna?", a lo que el futbolista le responde: "En la casa". Pueden creer que el muy ridículo le respondió refiriéndose a su mujer (vulgarmente llamada pierna) y peor aún, le preguntaron cómo, no dónde.
Ya que estamos en la onda de la entrevista, hablemos de los periodistas deportivos, qué grandes, ¿no?. Cómo no recordar a Pedro Carcuro o a Julito Martínez. Los periodistas deportivos... intelectuales, profesionales de gran nivel, hombres que estudiaron cuatro años periodismo, comentarios sólidos y preguntas al hueso: "¿Cansado?". ¡Qué pregunta!, todos se imaginarán, que después de 90 minutos de juego non stop, sudados, sin aliento, deshidratados, los jugadores están muertos, con suerte responden las brillantes preguntas que con tanto esfuerzo elaboraron toda una semana: "¿Tristes por la derrota?", ¡Cómo se tu ocurre!, los jugadores tienen esa cara porque querían ser goleados 4-0, porque eran hinchas del otro equipo, por eso vienen con caras de dolor y frustración.
Bueno, ustedes se preguntarán quiénes faltan, bueno les respondo en seguida, las musas del pensamiento, las mujeres con un C.I. que arrollaría al filosofo más cabezón de todos: las modelos. Oda a la estupidez humana. Ellas viven eternamente enamoradas de los futbolistas, siempre tras las pelotas de los jugadores, o mejor dicho, bajo las pelotas. Todos ya hemos escuchado una infinidad de veces las respuestas que dan: "Me repite la pregunta". O sus cantos a la vida: "Perú necesita ayuda". Pero nada mejor que una pelea entre ellas por un futbolista en un programa de T.V.: "tú ya no estabas con él", "tú lo llamaste a las 3.00 de la mañana", "Es un hombre comprometido", "los vi bailando en la Kamasú". O qué más patético que dos mujeres se peleen por la "varita" del Mago Jiménez.
Así con el balón de fútbol, increíble, 20 minutos del noticiario central para contar que Kenita había dejado a Iván Zamorano, ¡oh, verdad, soy un necio, cómo se me ocurre burlarme de él, si es el Ídolo Nacional!. Después de contar que la gente tiene hambre, que el mundo se está cayendo a pedazos, el conductor gira su asiento y le pregunta a un Fernando Solabarrieta o a un Mauricio Israel: "Borgi, ¿sigue en Colo Colo?" y éstos responde: "para la alegría de los chilenos, sí". ¡Mañana le prendo velas a la virgen por eso!
Por último, los queridos hinchas, nada más bello que disfrutar de un partido de fútbol, salir a celebrar y hacer mierda lo que se te cruce, dispararle al bando contrario y responder al ágil periodista: "Li dimos paliza a las madres, cuaTRo - cero, shoro. ¡Saludo pa la Garra Blanca de Puente Alto y dale Cacique!" o "ya están LLorando, ya" o "si ser de la U es un sentimiento".
Por eso, cada vez que voy en auto y veo cruzarse una pelota repito las sabias palabras de mi padre.
Buenos, los dejo, porque tengo un partidito de fútbol...
"¡Eh, la pelota, aquí, aquí! ¡Yo la voy a buscar a la calle, no te preocupí!"
domingo, 2 de diciembre de 2007
Un día, decidí contarlo.
Un día, mi papá me dijo que fuera a un lugar lleno de gloria, a un lugar que me haría grande. La idea me asustó, nunca he sido una persona a la que desee estar en la cima o un gran luchador como para conseguir llegar a ella, así que deseché la idea, no quise pensar en como sería mi vida allí, era un lugar lejano. Mi padre en su afán de que pisara aquel lugar, me hostigo y me hizo llorar muchas veces, puesto que yo no quería enfrentar lo que al parecer sería mi destino. Mi destino... ¿destino?. "¿Cuál sería realmente mi destino?", me preguntaba. "¿Ese lugar realmente será esplendoroso, la tierra de los deseos? ¿Estoy preparado para cumplir mis sueños?". Preguntas, eso eran, sólo preguntas, ninguna respuesta.
Un día, me subí en mi corsel, blanco, brillante, como los de los cuentos. Mi padre y mi madre me armaron con una armadura tan reluciente como mi caballo y me bendicieron, para que llegara sano y salvo a mi destino. Con paso lento, mi corsel, cabalgó. Pisaba dudoso la desconocida ruta, con miedo a tropezar. Yo me agarraba firmemente a la montura, deseando no encontrar adversidades. Después de un largo viaje, llegué al lugar el cual mi padre con palabras llenas de prosperidad, me hablaba. Impactado miré al Palacio, metros y metros de conocimiento puro estaban a mis pies, podía olerlo, oírlo e incluso saborearlo. Vi como mi armadura relucía mucho más, lo que me dio muchas más ganas de entrar, aunque con pasos temerosos lo hice.
Un día, caminé por aquel palacio, ya sin miedo, con pasos firmes. Había conocido a un enorme ogro, quien me enseñó que no todo es lo que parece. Llevaba un tiempo junto a mí, con él recorríamos tan inmensa estructura de piedra, iluminábamos el camino con una débil linterna, con la cual apenas podíamos ver el camino, pero no importaba, puesto que la seguridad que ambos nos entregábamos, bastaba para dar pasos firmes y agigantados.
Un día, por suerte, se nos unió un gnomo que irradiaba una luz propia. Nosotros no teníamos aceite para nuestra linterna, así que nos unimos a él. Él, sin rechistar y con una gran sonrisa caritativa, accedió. Nos contó su vida con un optimismo y una sonrisa que nos hipnotizó. Así nos transformamos en compañeros de viaje.
Un día, nos encontramos con un duende rechoncho y misterioso; y con otro que caminaba haciendo notas musicales, nuestro viaje ya era monotono, así que inmediatamente aquellos oscuros y mohosos pasillos se tornaron coloridos. Comenzamos a viajar en corcheas. DoReMiFaSolLaSiDo... era la música que ambientaba al Palacio. El rechoncho armaba meticulósamente los pentagramas, el duende musical zapateaba sobre ellos, notas negras, silencios, blancas y fusas, y nosotros tres, los que sobrábamos, las desordenábamos y armábamos nuestra propia canción.
Un día, miré el reloj, miré el calendario y miré el cielo, había pasado mucho tiempo, era hora de regresar. Al salir del Palacio, me subí al caballo, al cual se le doblaron las patas, no era capaz de soportar mis recuerdos, entonces, como era necesario volver a casa, tomé mis recuerdos de la mano y ya sin miedo, volví a mi hogar, con una armadura resistente y más blanca que antes.
Un día, agradecí a mis padres que me contaran mientras dormía, que existía un lugar como ese.
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